Pieles, 2017

Barro y pigmento

200 x 210 cm

El origen de Pieles se encuentra en el proceso de trabajar manualmente el barro al amasarlo y estirarlo, hasta convertirlo en una piel, desde donde formo cuerpos posteriormente. En consecuencia, establezco una especie de alquimia con el material que configura toda una naturaleza de índole antropomórfica. Al mismo tiempo, mediante el proceso de formalización de estas formas orgánicas —con un número compositivo al «azar»—, se pueden apreciar diferencias entre sí a causa de las diversas rasgaduras, convulsiones, gestos, heridas, etc. Todos estos cuerpos han sido pigmentados para conseguir el resultado de unas segundas pieles, de visibles costras pictóricas.

Así, como ya afirma Elena Mir en La piel de la luz, ‘estas [segundas pieles] actúan como una nueva realidad física del mundo, tan reales y palpables como nosotros mismos, como una prótesis del propio cuerpo’. De esta manera, la relación cuerpo-materia me permite construir toda una arqueología, una especie de yacimiento con unas formas muy similares a los fósiles, a cuerpos cadavéricos. Entorno a ellos, se vislumbra el peso psicológico y visceral de la pieza. De hecho, es en esta carga más existencial donde reside el verdadero corpus de la obra.

Por otra parte, la pieza conformada a partir de barro y pigmento se sitúa entre los límites de la pintura y la escultura. Mientras que, por un lado, el barro ha sido tratado de la manera más escultórica posible o, en otras palabras, con una de las técnicas más primarias (dando forma con las manos), los códigos de la pieza son puramente pictóricos: color, fondo, forma y composición, entre otros. Sin embargo, la integración con el espacio físico es notoria por los límites difuminados de un pigmento que, a su vez, integra y desintegra la arquitectura del lugar expositivo. Pieles, en definitiva, nos evoca a otra dimensión más cercana a un paisaje árido, en ruinas y donde la frontera entre lo vivo y lo muerto se desdibuja.